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Capítulo III
“Somos aquello que elegimos”


La lluvia caía con fuerza sobre el pavimento mojado. Las pequeñas corrientes de agua arrastraban la suciedad acumulada por los bordillos y la engullía en pequeños remolinos para terminar sumergida en las alcantarillas que, desbordadas por el caudal, volvían a escupir la suciedad formando un divertido carrusel acuático.

Comenzó a llover apenas se metieron en la cama y durante cerca de dos horas que duró el encuentro, el único sonido que les acompañó en los jadeos y suspiros, fueron las gotas de lluvia que golpeaban insolentes el cristal de la ventana, como queriendo atravesarla y unirse a los dos cuerpos cubiertos de finas gotas de sudor.

Álex fue el primero en levantarse. Se acercó a la ventana y apoyado sobre el alféizar se dedicó a contemplar el manto de lluvia que caía incesante, mientras en las calles, las contadas personas que había a esas horas, corrían encogidas de un lado para otro protegiéndose la cabeza de la lluvia con los más diversos objetos.
Se dio la vuelta y se quedó contemplando al joven chapero que estaba tendido en la cama. Tuvo que reconocer que en los años que había solicitado los servicios de un profesional, éste era sin duda el mejor de todos. Con los demás era distinto. Muy distinto.
Hugo le miraba con los ojos entornados desde la cama, y durante un instante recordó a su padre recostado en el sofá unas horas antes.
–¿Quieres ducharte?
–Si, estaría bien –respondió Álex.
–El cuarto de baño está al lado de la cocina y en el armario tienes toallas limpias.

Mientras se duchaba por segunda vez aquella noche, no podía quitar de su mente la imagen de Hugo que seguía tumbado en la cama, ni de sus ojos de un profundo color caoba. Aunque quizá lo que le perturbó fue que durante un momento en que sus miradas se cruzaron, descubrir en el fondo de esos ojos, un fugaz destello oscuro, frío y distante. Cuando los últimos restos de espuma desaparecieron por el desagüe, ya había tomado una decisión: volvería a verle.

Hugo mientras tanto, había guardado los billetes que le había dado Álex y se preguntaba cuándo volvería a llamar. Estaba convencido de ello. Sabía que le había causado una buena impresión esa noche, y no dudaba ni por un momento que Álex volvería a solicitar sus servicios, y que tal vez, se convertiría en un cliente habitual. Es lo que tiene ser un buen profesional. Un cliente satisfecho siempre vuelve.

Cuando Álex salió del baño, se acercó a la puerta del dormitorio y contempló a Hugo que todavía seguía tumbado en la cama sonriéndole al verle.
–Tengo que irme –dijo Álex– mañana madrugo.
–¿Volverás a llamarme?
– Tal vez –y le devolvió la sonrisa. Se dio la vuelta y se dirigió hacia la salida. Cuando bajó en el ascensor y alcanzó la calle, todavía seguía sonriendo.

Hugo se levantó y se metió bajo la ducha. Se quedó un buen rato bajo el reconfortante chorro de agua caliente que se llevó consigo los restos de sudor. Cuando terminó, se envolvió en una toalla y regresó al dormitorio donde cambió las sábanas húmedas, luego se preparó un Jack Daniels con hielo, encendió el televisor y se tumbó en el sofá. Durante un momento volvió a pensar en su padre .... y en las palizas. Intentó borrar esas imágenes de su memoria, pero fue en vano. Luego pensó en Álex. Por alguna razón que no hallaba a descubrir ... le había gustado. Quizá fuera por su sonrisa amable, o por que no le trató como un simple objeto, quizá fuera por lo educado que fue o por su voz tranquila y melódica ... el caso es que... no le importaría volver a verle y prestarle sus ... servicios. Y sonrió recordando una frase que escuchó hace tiempo: Somos aquello que elegimos.

......

Agustín, el padre de Hugo, arrastraba pesadamente los pies por el suelo de linóleo de la cocina. Cogió un vaso de un estante y volvió lentamente al salón donde buscó una botella de vino barato con la mirada. La encontró encima de la pequeña mesa de centro. Se sirvió un vaso colmado del líquido cobrizo a pesar de las advertencias médicas acerca de la toma de alcohol en su estado. Se sentó haciendo un esfuerzo en el desgastado sofá y se acarició la dolorida mandíbula con la mano. Pensaba en Hugo. ¡Maldito hijo de puta! Sólo recordaba el ruido de la cerradura al girar y de repente a Hugo plantado delante de él golpeándole con el puño.
«Me encontró desprevenido» –pensó, «pero no volverá a ocurrir» –sentenció mentalmente mientras apuraba de un trago el vaso de vino y contemplaba con perversa alegría la escopeta de caza que descansaba sobre la pequeña mesa.
«La próxima vez estaré preparado»

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Etiquetas: ficción, relato

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