GAYVALENCIA

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Capítulo I
“Las hostias duelen”


Uno no debería pegarle a su padre. No señor. Aunque quizás se lo merezca. Al fin y al cabo te dio la vida, para bien o para mal. ¿De qué te va a servir partirle la cara ahora? El cáncer le corroe las entrañas, se lo está comiendo vivo, y los ojos vidriosos y nublados como pequeños lagos de nubes blancas le impiden reconocer a su propio hijo. El hijo perdido y olvidado. El hijo chapero de los suburbios. Animal de compañía de braguetas anónimas, tan anónimas como él. ¿Por qué, Hugo? ¿Por qué quieres hacerle daño a papá?

Pobre Hugo. Papá era un hijo de puta. Un maldito y despiadado cabrón que le hacía la vida imposible y que en vez de cariño y un poco de ternura, sólo le dio palos. Y las hostias duelen. Vaya que si. Sobre todo cuando te las dan con el puño cerrado y estás demasiado aterrorizado para reaccionar. Cierras los ojos y esperas que acabe pronto, que no saque la correa. Los latigazos de la correa eran los peores. Cuando la hebilla cruzaba el aire, un silbido desgarrador acompañaba los jirones de la piel y un torrente de lagrimas, sangre y mocos se deslizan como una cascada por tus mejillas arrastrando a su paso restos de humillación, rabia y desesperanza.

¡Cuánto daría por ser querido! Por un abrazo. Por una palabra amable ... una caricia ... una sonrisa. Un lugar donde sentirse seguro. Dicen que cuando deseas algo con fuerza suficiente, puedes llegar a alcanzarlo, pero ten cuidado con lo que deseas.

Hugo encontró esos abrazos ... franqueados por billeteras no siempre abultadas. También encontró caricias.... a la sombra de los portales nocturnos que como pequeños gigantes inmóviles contemplaban las manos de los clientes recorrer su piel erizada, no siempre de placer. Y también encontró las sonrisas... apuntaladas tras las ventanillas de los coches anónimos y por último... un lugar donde sentirse seguro... aunque fuese en el asiento trasero de un utilitario y con los pantalones a la altura de los tobillos.


Cuando uno hace bien su trabajo, cuando se entrega de verdad en hacerlo lo mejor posible, la gente aprende a valorarlo. Un trabajo bien hecho siempre es un trabajo bien hecho. Da igual que levantes muros en una obra, sirvas copas, vendas electrodomésticos, des clases de historia de la medicina o practiques una felación. El caso es hacerlo lo mejor posible. Ponerle ganas. Aunque te joda. Un cliente satisfecho siempre vuelve. Siempre. Aunque te joda.


........


Alex cerró la ferretería a las ocho en punto. Pasó por el Bar de Pepi a tomarse una caña, compró tabaco y se fue caminando despacio a casa. Hijo único y con cuarenta años a la espalda todavía se sentía incómodo cuando en las ocasiones que visitaba a su madre y sentados tomando café en silencio, su madre, sin dejar de remover la pequeña taza de porcelana, preguntaba:
– Pero hijo, ¿No crees que ya va siendo hora de que te busques una buena chica y sientas la cabeza?
– Mamá, no empieces. Pero si apenas tengo tiempo con la ferretería, como para ponerme a buscar novia.
– Es que ya tienes una cierta edad, hijo. No quiero que te veas solo cuando yo ya no esté. Yo no voy a estar aquí siempre.
– Tranquila mamá, no estaré solo. Es que ahora no tengo tiempo, eso es todo.

Pero no era todo. En absoluto. ¿Cómo le puedes poner freno a los sentimientos? ¿Cómo puedes impedir los sueños? ¿Cómo puedes vender tu alma, si tu alma está rota? ¿Cómo se le sacan las astillas a un corazón herido? ¿Cómo impedir el vuelo de las golondrinas? ¿Cómo se puede vivir reprimido? No se puede. Lo esencial siempre es invisible ante los ojos. Puedes vendarte los ojos , pero no le puedes poner vendas a tu corazón. O se es uno mismo o no se es nadie. O vives tu vida o sencillamente no vives. Y si vives, tienes que amar, porque cuando se pierde la capacidad de amar a alguien, mas te valdría estar muerto.

Alex vivía en un mundo ficticio creado como un castillo de naipes, donde cada carta escondía una mentira. Y cada mentira se sostenía sobre otra, creando diferentes alturas de mentiras que se apoyaban las unas a las otras en una espiral de confusión y autoengaño con el único propósito de aparentar lo que no era. Vivía en un mundo con dos realidades: La realidad aparente de un soltero heterosexual demasiado ocupado para crear una familia y la realidad manifiesta y furtiva que vivía en los cuartos oscuros de algún garito, en los pasillos de las saunas despobladas de sentimientos pero abarrotadas de jugadores de naipes con cartas marcadas, o en los abrazos fáciles y remunerados de los chaperos. Sexo rápido y anónimo, sin obligaciones ni preguntas.

Dicen que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Y debe de ser verdad.
También dicen que el roce hace la amistad. Eso también es cierto.


........


El primer golpe impactó de lleno en la mandíbula. El padre de Hugo se tambaleó y dando pequeños traspiés cayó de costado sobre la alfombra roja del comedor. No reconocía al extraño que acababa de tumbarle, y sin embargo algo en él le resultaba extrañamente familiar. Se esforzaba por recordar cuando la voz del extraño inundó la pequeña estancia y los fantasmas de un pasado no muy lejano, cobraron vida en la persona de su hijo.... y un escalofrío le recorrió la espalda.

– ¿Hugo, eres tú? –acertó a balbucear cuando cesaron los espasmos de dolor que le causó el tremendo golpe al desplomarse en tierra.
– Si padre, soy yo, Hugo
– ¿Pero ... a qué... a qué has venido?
– A verte morir, padre. –sentenció Hugo sin apartar la mirada del guiñapo humano que se retorcía a sus pies.

En apenas seis años se había convertido de una fiera descontrolada a un despojo débil y enfermizo, sin apenas fuerzas para arrastrar los pies. El cáncer linfático era devastador. No quedaba nada del antaño musculoso y amenazador progenitor que recordaba Hugo. Salvo la correa. La correa la recordaba muy bien. Demasiado bien. Como también recordaba la última paliza y la promesa que se hizo a si mismo cuando se retorcía de dolor en el rellano de la escalera mientras su padre, lleno de rabia y con los ojos enrojecidos de furia le atizaba, primero con los puños y después, aplicando mayor brutalidad, le sacudía enloquecido patadas en el pecho, las costillas y la cabeza sin dejar de gritarle e insultarle:
– ¡Maldito maricón! ¡Te han visto... hijo de la gran puta.! ¡Eres tan puta como tu madre! ¡Te han visto....chapero de mierda ... no sabes el asco que me das! ¿Sabes lo que va a decir la gente ahora, eh? Yo te lo diré... ¡Mirad, ese es el padre del maricón de mierda... eso es lo que van a decir!.
La lluvia de golpes no cesaba. Con cada minuto que pasaba, los golpes se volvían cada vez mas descontrolados y frenéticos. Casi inhumanos. Desproporcionados.
– ¿Te gusta que te den, verdad? ¡Pues toma, chupapollas, a ver si te gusta esto! – y los golpes continuaron hasta que un manto negro lo cubrió todo y Hugo, al fin, se sumió en el pozo negro de la inconsciencia.

Hugo seguía de pie mirando a su padre mientras recordaba la última vez que se vieron. Se le había formado un nudo en la garganta que intentaba tragar con saliva, pero no pudo. Su padre mientras tanto se había arrastrado a los pies del sofá y con exacerbada lentitud pudo al fin desplomarse sobre él y contemplar a su hijo con detenimiento... y algo de miedo.
No quedaba rastro del Hugo adolescente de quince años que vapuleó hasta dejarlo inconsciente. El adolescente Hugo desapareció para convertirse en un joven alto y cuadrado de veintiún años bien plantados de hombros anchos y espalda recta, pero que sin embargo no había perdido su porte de adolescente desgarbado e indiferente que tanto recordaba.


.........


Álex miró el reloj de la cocina. Las once y media. Sacó un pequeño papel arrugado del bolsillo del pantalón y lo depositó sobre la mesa de la cocina sin alisarlo. Abrió el armario de la cocina y cogió un pequeño vaso, luego sacó dos cubitos de hielo del congelador y se sirvió un generoso trago de Jack Daniels. Encendió un pitillo y recogió el papel arrugado de la mesa. Jugó con él entre los dedos hasta que lo desplegó y un número de teléfono apareció escrito a mano y boli. Sólo el número, sin nombre.

Nunca recordaba el nombre de los chaperos que contrataba. Tampoco le importaba. Lo de menos era conocer los nombres de batalla de los chaperos, Bruno, Pablo, Miguel, que mas da. No les pagaba por sus nombres, sino por sus servicios y discreción. Sobre todo discreción. Se había decidido por el sexo de pago, cuando una tarde, al salir de la sauna, y después de unas horas en brazos de un marroquí cuya única obsesión era morderle los pezones hasta casi arrancárselos de cuajo, se encontró de frente con un empleado de la asesoría contable que le llevaba los papeles de la ferretería. Su castillo de naipes estuvo a punto de venirse abajo. Toda precaución era poca.

Estuvo un rato jugando con el papel en la mano, intentando en vano recordar el nombre de aquel chico alto y desgarbado que le apuntó su número de teléfono en aquel trozo de papel. Nada, no hubo manera. Solo recordaba sus ojos de un profundo color marrón intenso, casi caoba. Cogió su móvil y comenzó a pulsar los números, cuando una breve ráfaga de la memoria le recordó por un instante el nombre de aquel chico: Hugo. Se llamaba Hugo.

La vida está llena de casualidades. De pequeños hechos aparentemente inconexos que nos ocurren a diario, pero que en mayor o menor medida son los verdaderos artífices de nuestra realidad cotidiana. ¿Cómo podría haber imaginado Álex que esa llamada que estaba a punto de realizar, le cambiaría la vida a tres personas de golpe? De haberlo sabido, quizás no la hubiera realizado.

El teléfono comenzó a vibrar en el bolsillo del pantalón mientras Hugo seguía con los ojos clavados en su padre y le volvió a una realidad más cercana.
– Diga –contestó mecánicamente.
– ¿Hugo?
– Si, soy Hugo. ¿Quién eres?
– Soy Álex. ¿Te acuerdas de mí?
– Si –mintió Hugo– me acuerdo de ti.

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Etiquetas: Relato, ficción

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