Capítulo IV
“Dios los cría ...”
La señora Herminia estaba parada contemplando el tráfico. Giró la cabeza y miró a un lado y después hacia el otro. Arrastró el carrito de la compra con la debilidad de los años y cruzó despacio el paso de cebra. Subió el bordillo con esfuerzo y se encaminó calle abajo en dirección a la ferretería de su hijo.
Álex sonrió al ver entrar a su madre y abandonando el mostrador la recibió con dos besos.
–¡Ay hijo! –exclamó al verle– pero mira que ojeras tienes. ¿No has dormido bien?
–He dormido poco, pero estoy bien, no te preocupes– y le sujetó el carrito para apartarlo de la entrada.
– No deberías trasnochar entre semana. Tu padre, que en gloria esté, siempre se acostaba pasadas las diez pero nunca después de las once. Y nunca necesitó despertador, se despertaba solo.
–Ya lo sé mamá, me lo has repetido cientos de veces –contestó Álex sin perder la sonrisa
–Pues no parece que me escuches.
–Sólo salí un rato, una copa y a casa.
–La copa también te la puedes tomar en tu casa ....
–No es lo mismo, mamá, y déjalo ya ¿vale?
–No creo que encuentres una chica decente ... de noche en un bar ... tú ya me entiendes.
–Mamá ....
–Esta bien hijo, ya me callo, pero no me puedes quitar la razón.... En fin, he comprado lenguado –y metiendo la mano en el carrito de la compra, extrajo un par de lenguados envueltos en papel alimenticio– fíjate que buena cara tienen, se nota que son frescos ¿eh? Pedrín, el pescatero, me ha dicho que sólo tienen unas horas. ¿A qué hora vas a venir a comer?
–A las dos y media, como siempre.
–Te lo pido por favor, Alejandro, no llegues tarde, que el pescado frío no vale nada. –y dándole un beso a su hijo, agarró el carrito y salió de la ferretería.
Álex la vio alejarse calle arriba mientras se perdía entre los peatones que iban y venían de sus quehaceres diarios y se preguntaba qué pensaría ella si supiera que pasó buena parte de la noche en compañía de un hombre, pero no de un hombre cualquiera, sino de uno que cobra a los hombres como él, .... reprimidos y llenos de miedo. La sonrisa se le borró de repente.
Volvió a entrar en la tienda y cerró la puerta. Durante toda la mañana que estuvo atendiendo y despachando a los clientes no dejó de pensar en Hugo, pero esta vez no lo hacía como un cliente desesperado en busca de una corrida fácil, sino se preguntaba cómo sería la vida cotidiana de este chico. ¿Tendría amigos o sólo clientes? ¿Qué le gustaba hacer? ¿Qué hacía por las mañanas al despertarse? ¿Por qué se prostituía? ¿Le obligaría alguien? ....
«¡Maldita sea! ¿Pero por qué coño no puedo dejar de pensar en él?»
A las dos en punto, y sin hallar respuesta a la última pregunta que se formuló, cerró la persiana de la ferretería y se marchó a casa de su madre. Un lenguado a la plancha le estaba esperando.
............
El insistente pitido del despertador inundó el dormitorio en penumbra con un sonido zimbrante. Hugo emitió un gruñido ronco y de un manotazo apagó al molesto invasor. Abrió lentamente los ojos y se estiró profundamente. Con pereza retiró la sábana y se incorporó. Desnudo, se dirigió a la cocina, abrió la nevera y se sirvió un vaso grande de zumo de naranja. Luego volvió al dormitorio donde se vistió con ropa de deporte y salió a correr. Corrió durante unos escasos 20 minutos cuando enfiló el camino de vuelta a casa y se metió en la ducha. Cuando salió, se preparó unas tostadas en la cocina mientras escuchaba las noticias en la radio.
Sentado en la pequeña mesa de la cocina y delante de un tazón de café con leche pensó en su último cliente: «Educado, limpio, no era feo .... no estaba mal» Pero sobre todo no le pidió cosas extrañas ni guarradas como otros, éste tenía algo... especial.
Alquilar el piso fue lo mejor que hizo, desde entonces se había vuelto mas selectivo, mas exigente, ahora era un Escort, un chico de compañía. Se acabó el chuparla en los coches o las folladas en pensiones de mala muerte o los siempre peligrosos encuentros en los pisos de los clientes. Ahora era él el que elegía. Era su casa y se sentía seguro. Protegido. Solo muy de vez en cuando se planteaba dejar la vida que llevaba, tal vez volver a estudiar o montar una pequeña tienda de informática. Sabía que la vida que llevaba no iba a durar eternamente, nadie contrataba a chicos de compañía maduros y gordos. Pero sobre todo, lo que más echaba de menos, era tener amigos. Tener a alguien con quien hablar, reír y por qué no, también discutir.
Cuando salía a cenar iba solo, cuando iba al cine iba solo, cuando iba a comprar iba solo, cuando salía a correr iba solo. Siempre solo. Se alegraba cuando sonaba el móvil anunciando una llamada de un cliente: La soledad daba paso a la compañía. Aunque esa compañía sólo durara unas horas e iba precedida por un nutrido grupo de billetes a cambio de un cuerpo al que él mismo había puesto precio.
.........
Habían pasado dos semanas desde aquel primer encuentro y Álex seguía recordando con una mezcla de incertidumbre y cariño a aquel joven chapero que se hacía llamar Hugo y por el cual sentía una atracción difícil de explicar. Ya se había metido en la cama, cuando su mano buscó el teléfono móvil que se encontraba en la mesita de noche, y sus dedos marcaron el número que su memoria retenía como un fugaz prisionero:
–Diga
–¿Hugo? soy Álex, no sé si te acuerdas de mí, nos vimos hace unas semanas....
–¿Álex? si, claro que me acuerdo de ti, ¿quieres que nos veamos?
– Bueno, si ... y no
– ¿Si y no? no entiendo. ¿Quieres o no quieres que nos veamos?
A Álex se le había secado la boca y tenía dificultad para tragar.
–Si, me gustaría volver a verte,.... pero no trabajando.... no sé si me entiendes, .... me preguntaba si cuando no estas ..... buena, ya me entiendes.... me preguntaba si podíamos vernos para ir al cine o a tomar algo, no sé ...
– .....
– ¿Te has quedado mudo? bueno, de todos modos no importa, ha sido una tontería preguntar.... no quería molestarte..... olvídalo.
–No,... espera. –dijo Hugo al fin– creo que.... si.... podríamos salir y tomar algo... creo.
Hugo no se lo podía creer, había quedado con un cliente fuera del «trabajo» y eso era un error. Seguro que lo único que perseguía este tipo es sacarle un polvo gratis. Pues lo tiene claro. Y sin embargo, sintió algo muy dentro de él, un sentimiento casi olvidado y que sólo en muy contadas ocasiones veía la luz: Era la alegría.
Álex cerró el teléfono y se quedo mirando el techo del dormitorio. Tenía los ojos abiertos y una leve sonrisa dibujada en los labios. Tardaría unas horas en cerrarlos y caer en un profundo sueño.
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